Los frutos de la emuná

Yo siempre creí en mis hijos. No importa lo que estuvieran pasando, yo sabía que eran buenos niños. ¿Cómo no iban a serlo si eran mis hijos?

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Yehudit Channen

Posteado en 17.04.2017

“El mensaje que les transmitimos a nuestros hijos pasa a ser su voz interna”.

 

Una de las más grandes manifestaciones de nuestra emuná es la confianza que tenemos en nuestros hijos.

 

Si constantemente transmitimos nuestra fe en su fuerza y en su moralidad, estamos infundiéndoles una voz interna que dice: “Tú eres una buena persona y eres capaz de hacer lo correcto incluso cuando es difícil”.

 

Yo siempre creí en mis hijos. No importa lo que estuvieran pasando, yo sabía que eran buenos niños. ¿Cómo no iban a serlo si eran mis hijos?

 

Mi marido y yo teníamos solamente dos reglas básicas a las que nos adherimos a lo largo de los años: no hacer comparaciones, no insultar. De ningún modo puedo afirmar que fuimos padres perfectos pero fuimos conscientes del poder de las palabras tanto para construir como para destruir.

 

Debimos afrontar varios desafíos especialmente difíciles. Al no estar familiarizados con el sistema de estudios en Israel nos costó mucho entender lo que estaban pasando nuestros hijos.

 

No a todos mis hijos les fue bien en la yeshivá (escuela secundaria religiosa). A nuestro segundo hijo, Shlomo, le costaba mucho estudiar Torá todo el día. Todo el tiempo me decía: “Mamá, yo no soy un alumno de yeshivá como todos los demás”. Consciente del joven activo que era él, lo entendí perfectamente pero por aquella época no había muchas opciones. Hoy en día hay muchas yeshivas que ofrecen programas para estudiantes menos académicos que poseen otras clases de talentos.

 

Pero había algo que yo sabía con absoluta certeza acerca de mi hijo Shlomo. Que sabía llevarse bien con la gente. Tenía una personalidad magnética y un corazón de oro. En ningún momento me preocupé por él, si bien él no le iba tan bien como a su hermano mayor. Incluso cuando se dejó crecer el cabello largo y andaba en motocicleta, yo siempre tuve emuná en que iba a hacer algo muy especial con su vida.

 

Un año, en el verano, cuando Shlomo tenía quince años, todos los adolescentes de nuestro asentamiento fueron de viaje y salieron a la madrugada. Su primera parada fue el Mar Muerto, donde conoció a un joven cuya familia había vivido en nuestra comunidad hasta hacía unos cuantos meses antes.

 

Gabriel era un joven muy dulce que se había mezclado con un mal grupo y había cometido varios errores muy graves. Muchos de los padres de nuestro asentamiento se cuidaban de él pero yo siempre le di la bienvenida en mi casa. Recuerdo muy bien lo que es ser un adolescente con problemas y hacer estupideces. Yo pensaba que él seguía siendo un buen chico.

 

Esa mañana, Gabriel estaba esperando a ver sus antiguos amigos y pidió unírseles al viaje.

 

El adulto a cargo del viaje dijo que eso era imposible.

 

Gabriel explicó que había venido especialmente a encontrar a los chicos del autobús esperando continuar con ellos.

 

Los otros jóvenes se pusieron a cantar: “Que ven-ga! Que ven-ga!”.

 

El responsable del viaje se mantuvo firme y no les dio permiso.

 

Gabriel se quedó desolado. Estaba junto a sus amigos de la niñez y el responsable también lo conocía. Se puso a suplicar que lo dejaran subir.

 

El chofer del autobús empezó a tocar la bocina sin parar. Tenía un horario que cumplir y se estaba poniendo nervioso. Empezó a cerrar la puerta y todos los chicos del grupo se dieron por vencidos y se fueron corriendo al autobús. Les esperaba todo un día de diversión. Cada uno había pagado 200 shekels por la excursión y nadie estaba dispuesto a tirarlos por la borda. Excepto un chico….

 

Shlomo se negó a subir al autobús sin Gabriel. El hombre a cargo le ordenó que subiera al autobús pero Shlomo se negó. Entonces el grupo se fue y los dos jóvenes se quedaron solos sin dinero y sin cómo llegar a casa.

 

Varias horas más tarde, Shlomo llegó a casa. Por supuesto que nos sorprendió verlo. Nos dijo que no se había sentido bien en el viaje y que alguien lo había llevado hasta la parada del autobús. Recuerdo la desilusión que sentí por el hecho de que se hubiera perdido una excursión tan divertida y a la que había estado esperando varias semanas.

 

Más tarde esa misma noche, el responsable del viaje llegó a casa y pidió hablar con Shlomo. Al ver a Shlomo, el hombre le devolvió el billete de 200 shekels y le dijo que era un reembolso. Se había arrepentido de su decisión de dejar atrás a Gabriel y a Shlomo y había venido a pedir disculpas. Mi marido y yo nos quedamos duros de la sorpresa, porque no sabíamos nada de todo esto.

 

Shlomo escuchó al hombre, aceptó sus disculpas pero no quiso aceptar el dinero. Finalmente el hombre se fue. Shlomo explicó que él y Gabriel habían vuelto a Jerusalem a dedo y que cada uno había continuado a su casa.

 

 

Mi marido y yo nos quedamos en silencio. Yo me quedé sorprendida y a la vez me sentí muy orgullosa por la compasión que demostró mi hijo y por el hecho de que estuvo dispuesto a renunciar a su propia diversión para quedarse junto a su amigo. Me pregunté si yo misma habría hecho lo mismo.

 

Muchos años más tarde, mi hijo Shlomo abrió una yeshiva para jóvenes en riesgo en un hermoso lugar del Monte Sión, el mismo lugar donde yo había estudiado varios años antes como baalat teshuvá. Se llama Hashivenu (Tráenos de vuelta) y se ha transformado en el hogar de cientos de adolescentes a lo largo de sus nueve años de existencia.

 

Dirigir un colegio no es nada fácil y por supuesto recaudar los fondos necesarios siempre es un desafío. Pero gracias a Dios, hay gente con gran corazón que contribuye lo más que puede para darles a estos chicos una segunda oportunidad.

 

Hay un hombre en particular, que tiene mucho éxito tanto en los negocios y en el estudio de la Torá, que dona con mucha generosidad a esta yeshiva.

 

Se llama Gabriel.

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