El reloj que desapareció

Me gustaría contarles mi historia, porque es una historia de cómo un solo acto de bondad de parte de un maestro es capaz de determinar todo el futuro de un alumno

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Rabino Lazer Brody

Posteado en 17.07.2017

En el medio de la boda, el novio ─un sobresaliente estudioso de Torá que consiguió casarse con la bella hija de una prestigiosa familia─ pidió el micrófono. “Me gustaría decir algunas palabras. Siento la necesidad de expresar mi gratitud. En primer lugar, debo dar las gracias a Hashem por el privilegio de casarme con una joven tan fantástica de una familia tan buena. En segundo lugar, debo darle las gracias a la persona que hizo posible esta ceremonia…”.

 

Todos los invitados miraron a su alrededor. ¿A quién se refería el novio – a sus padres? ¿Al casamentero? Tal vez se estaba refiriendo a su Rosh Yeshiva? No, no se estaba refiriendo a ninguna de estas personas.

 

“Me gustaría contarles mi historia, porque es una historia de cómo un solo acto de bondad de parte de un maestro es capaz de determinar todo el futuro de un alumno”.

 

Obviamente emocionado, el novio, todo sonrojado, carraspeó y empezó a revelar su relato:

 

Yo estaba en cuarto grado en el jeder (escuela primaria de varones para familias judías religiosas). La mayoría de los alumnos éramos niños de familias de kolel, cuyos padres estudiaban Torá todo el día y no contaban con muchos medios. Uno de mis compañeros de clase tenía una abuela muy rica que le había comprado un reloj muy caro con todo tipo de funciones que nosotros ni siquiera conocíamos, y mucho menos habíamos visto o comprado. De repente sonó el timbre anunciando el recreo, que es cuando salíamos corriendo a jugar en el patio un partido de fútbol. Pero el niño con el reloj nuevo tenía miedo de que se le estropeara, así que lo puso en el cajón de su escritorio antes de salir a jugar.

 

Cuando sonó el timbre indicando el final del recreo, todos volvimos enseguida al aula. Rubén, el dueño del reloj, enseguida abrió el cajón y entonces se oyó un grito, y a él se le puso la cara blanca como la leche: “¡Mi reloj!”, exclamó. “¡No está en el cajón! ¡Alguien lo sacó!”

 

El “rebe”, o sea, el maestro, fue corriendo a cerrar con llave la puerta del aula. “Bueno, chicos”, dijo; “veo que están todos acá en el aula. Ninguno de nosotros va a salir hasta que Rubén tenga en sus manos el reloj. Espero que el alumno que lo haya tomado por equivocación tenga el coraje moral de devolverlo en este mismo momento y yo prometo que todo el incidente será perdonado”.

 

Ni un solo alumno movió un músculo. Cada uno se quedó sentado sin moverse en su pupitre.

 

“En ese caso”, continuó el maestro, “voy a tener que ir de pupitre en pupitre y chequear a cada alumno, su valija y sus bolsillos. Ustedes no me dejan otra alternativa”. Así fue como comenzó la búsqueda. El silencio era terrible. A medida que el rebe pasaba de un alumno a otro, la tensión iba en aumento. Los corazones palpitaban a más no poder, pero ninguno más que el mío. Porque yo había sentido codicia por el reloj. Y además el pupitre de Rubén estaba al lado del mío. Antes del recreo, yo había agarrado el reloj en un instante y me lo había guardado en la valija.

 

El Rebe estaba a un pupitre de distancia. Yo era el próximo y en un minuto iba a quedar al descubierto. Los pensamientos más aterradores entraron a mi cabeza de diez años de edad. Iba a ser la burla de todos. Incluso hasta me iban a echar del colegio. Tal vez hasta iban a expulsar a mi familia del barrio. ¿Quién sabe qué me espera? Y cuando yo ya no podía más de los nervios, el rebe llegó hasta mi pupitre. Por poco me desmayo…

 

“¡Que nadie se levante de su asiento!”, gritó el rebe para distraer a los alumnos. “Todavía faltan veinte minutos para que termine la clase. Miren el reloj”. Entonces como con un truco de prestidigitación, el rebe sacó el reloj de mi valija y se lo puso en el bolsillo. Y luego continuó chequeando los pupitres de los demás alumnos como si todavía no lo hubiera encontrado.

 

Una vez que terminó de chequear a todos los alumnos, el rebe volvió al frente de la clase y declaró en voz alta: “¡Encontré el reloj!”, y sacándolo del bolsillo, añadió: “Se lo robó la mala inclinación. La mala inclinación le preparó una emboscada a uno de los alumnos y trató de incriminarlo. Pero no tuvo éxito, porque yo sé perfectamente que este maravilloso alumno está muy arrepentido y jamás va a volver a hacer algo así”.

 

El rebe tenía razón. Yo hice teshuvá como jamás me hubiera imaginado que era posible hacer….

 

El rebe, mi maestro de cuarto grado, me habría podido abochornar en frente de toda la clase. La reacción natural de cualquier maestro podría haber sido la sensación de triunfo al exponer al culpable. Pero no, el rebe no hizo nada de eso. Gracias a su amor por cada alumno y a su previsión, él supo los efectos a largo plazo que tendrían en mi futuro cualquier cosa que hiciera. Y en mérito de él, yo decidí ser un estudioso de la Torá con un carácter impecable, justo igual a él. Y en mérito de él hoy estoy acá parado frente a ustedes en este día tan alegre. Gracias, rebe, y ojalá cada maestro de Torá sea como usted.

 

Jamás en mi vida escuché una historia tan conmovedora que demuestre de manera tan prodigiosa la enorme responsabilidad que tiene cada docente, en cuyas manos Hashem deposita las tiernas almas de sus alumnos. Ojalá esta historia sea un ideal al que todos aspiremos.

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1. Ana

11/08/2020

Conmovedora historia. Elegí ser docente por inspiración de las maestras que tuve en mi primera etapa escolar. Noble vocación.

2. Elisheba

5/10/2018

bonita

Muy bonita historia, una gran sabiduría la de este maestro digno de imitar.

3. Elisheba

5/10/2018

Muy bonita historia, una gran sabiduría la de este maestro digno de imitar.

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