Ausente sin Permiso

La gente se queja de sus dificultades para llegar a Uman en Rosh Hashana. Yo les digo lo que dice Rabi Najman: que los obstáculos son solamente para avivar el deseo.

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Rabino Shalom Arush

Posteado en 17.08.2017

La gente se queja de sus dificultades para llegar a Uman en Rosh Hashana. Yo les digo lo que dice Rabi Najman: que los obstáculos son solamente para avivar el deseo. Si uno tiene un deseo suficiente, va a poder superar todos los obstáculos, tal como les demostraré a continuación:

 

Shalom. Me llamo Jonatan y todavía estoy haciendo el servicio militar. Hace aproximadamente un año estuvimos en un entrenamiento en la frontera con Siria. Traté de convencer al comandante para que me dejara ir a casa, pero no aceptó. Le di las gracias y a la noche él me dijo: “¡Vete a casa! Puedes ir…”. No esperé y enseguida salí de la base. Estaba al lado del Hermón. Ahí me enteré de que a esa hora no había más autobuses. Empecé a dar las gracias y así fue como empecé a hacer dedo hasta que llegué al Tzomet Golani (un famoso cruce de caminos).

 

Allí otra vez hice dedo y un auto se detuvo, pero yo no sabía que en el auto viajaban dos policías militares vestidos de civil. Al acercarse me dijeron: “¡Ven! ¡Te llevamos, por supuesto!”.

 

Pero en vez de llevarme a Jerusalén, me llevaron a la base y me detuvieron. Después me dejaron salir para ir al juicio y postergaron el juicio para una semana antes de Rosh Hashaná. Mientras tanto, yo compré un boleto a Uman (Ucrania, donde está la tumba de Rabí Najman de Breslev).

 

La semana antes de Rosh Hashaná, me citaron para que me presentara ante la corte y me dijeron así: “No tienes forma de librarte de esto. Eres un desertor. ¡Abandonaste tu puesto y vas a tener que pasar por lo menos dos meses en la cárcel!”. Yo empecé a decir: “Gracias, gracias, gracias”. Salí al bosque, me puse a bailar, solamente di las gracias y todo el tiempo leía las Joyitas de Emuná.

 

El día del juicio, a la mañana, el ejército se confundió y enviaron un jeep para que viniera a buscarme de Tzfat (Safed) bien temprano. Todavía quedaba mucho tiempo hasta que empezara el juicio y así tuve todo el día a mi disposición el jeep con el chofer y el acompañante. Fuimos al antiguo cementerio de Tzfat; los llevé a la mikve (baño ritual) del Arizal y durante todo el viaje les leí párrafos de libro Las Puertas de la Gratitud. Puse un CD de emuná en el jeep del ejército. Me puse a bailar delante de ellos, me reía. Los soldados al principio no entendían y se dijeron entre ellos: “Este se volvió loco… Sabe que va a estar en la cárcel mucho tiempo así que se volvió loco”. Entonces llamaron al psiquiatra del ejército y le dijeron: “¡El soldado se volvió loco!”. Pero yo seguía con lo mío, sin prestarles atención. Les expliqué el concepto de la gratitud y en efecto, al terminar el día, ellos también empezaron a dar las gracias, aunque no eran muy religiosos que digamos… pero a pesar de todo empezaron a dar las gracias.

 

A la tarde llegamos al juicio. Había varios soldados esperando a ser juzgados y yo todo el tiempo bailando, cantándole a Hashem, gracias a Hashem. Cuando entré a la corte, pareció que el juez estaba confundido, porque me preguntó: “¿Es verdad que hiciste eso, que desertaste la unidad militar?”. Le respondí: “¡Sí!”. Y él me dijo: “¿Los policías militares te hicieron entrar por la fuerza al automóvil cuando te detuvieron?”. Le dije: “No… lo lamento”. Él se confundió y empezó a contarme chistes, mientras la gente estaba esperando. Y él me cuenta chistes de hacer dedo…

 

Después me dijo: “Lo lamento. Tengo que darte algo a efectos disuasorios: ocho días….”. Le di las gracias a Hashem; salí. Pero entonces me acordé de que tenía que viajar a Uman dentro de unos días, así que Le di las gracias a Hashem. En vez de enviarme a un centro de detención me enviaron directo a la cárcel, sin demora. Eso fue un milagro tremendo; nadie podía creerlo.

 

Al día siguiente, en la cárcel, traje los documentos, el protocolo del juicio. Ahí estaba una oficial del ejército que me miró y me dijo: “¡Es una falsificación! ¡Vete de aquí!”. Así fue como me liberaron y me fui a casa. Imposible de creer, pero cierto…

 

Ahora necesitaba que me dieran permiso del ejército para viajar a Uman. Pero si volvía a la unidad militar no me habrían creído y hasta podrían haberme devuelto a la cárcel. Sin embargo, yo no me confundí. Le di las gracias a Hashem y me dirigí rumbo a la unidad militar. Al verme, dijeron de mí que me había escapado de la cárcel. Me hicieron reapertura del proceso. Le di las gracias a Hashem y me puse a bailar. Ya eran tres días antes de Uman y ¿quién me juzga? Nada menos que el oficial de nuestra unidad que está encargado de dar permisos para salir del país. Llegué al juicio; solamente di las gracias. El juicio duró cerca de una hora. Al final me declaró inocente, me dio permiso para viajar a Uman y me aseguró que el veredicto era indisputable.

 

Jonatan tiene razón.

 

Esperamos verlos a todos en Uman este año!

 

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