
Un testimonio de emuná
Hoy les traemos un fragmento del libro de Eli Sharabi que les va a llegar al corazón, los va a emocionar y les va a recordar, una vez más, que no importa cuán doloroso o difícil sea todo — siempre hay esperanza, y siempre se puede encontrar luz incluso en medio de la más grande oscuridad.

Hace unos días me crucé con un fragmento del libro de Eli Sharabi que me tocó el corazón, me emocionó y me recordó, una vez más, que no importa cuán doloroso o difícil sea todo — siempre hay esperanza, y siempre se puede encontrar luz incluso en medio de la oscuridad.
Así escribe Eli en su libro:
“El poder del agradecimiento y la capacidad de ver el bien incluso en pleno infierno.
Incluso en estos días tan duros, tenemos un ritual fijo al final de cada día. Un ritual que no nos salteamos.
Nos sentamos los cuatro, y buscamos algo bueno que nos haya pasado hoy. No importa qué clase de día fue…
Al principio nos cuesta y logramos pensar en una sola cosa buena…
Pero con los días nos desafiamos a nosotros mismos e intentamos llegar a tres cosas buenas que ocurrieron. A veces cuesta, y a veces encontramos tres con facilidad, ¡y hasta seguimos buscando y encontramos cuatro o cinco!
Algo bueno puede ser que de repente nos dieron un té. Que el té estaba caliente. Que estaba dulce.
Algo bueno puede ser que un carcelero cruel que no soportamos hoy no apareció. Que pasamos un día sin humillaciones. Que recibimos una fruta pequeña de uno de los captores.
De a poco, eso influye en todo el día.
Nos encontramos buscando esas pequeñas cosas buenas, sabiendo que a la noche vamos a agradecer por ellas.”
(Fragmento del libro “Jatuf” – “Secuestrado” – de Eli Sharabi)

La gratitud y la capacidad de reconocer el bien son cualidades y fuerzas del alma que existen en cada uno de nosotros. Y como un músculo, cuanto más las ejercitamos con constancia e intención (como con cualquier otra virtud), más se fortalecen y se convierten en una fuente de bendición.
Cultivar la gratitud verdaderamente transforma la vida y la manera de ver la realidad.
En lugar de sentirnos víctimas, llenos de quejas y culpas, comenzamos a ver el bien en todo, a dejar de dar por sentado lo que tenemos, y de pronto hay más aire… para respirar, para el alma.
Eso no significa que ya no haya dificultades ni caídas, pero sí que hay una base de bien, una abundancia de lo que sí hay, que nos da fuerzas y perspectiva para afrontar los desafíos constantes de la vida — e incluso llegar a agradecer por ellos también.
Unos minutos a la mañana antes de empezar el día, o a la noche antes de dormir, sin distracciones… detener el ritmo, y hacer una lista de cosas por las que agradecemos.
Con el tiempo, podemos profundizar en ese sentimiento, alargar la lista y encontrar incluso en medio de crisis y fracasos puntos de luz por los que agradecer.
Con consistencia, entrega y perseverancia, una inversión diaria de apenas unos minutos en el “músculo” del agradecimiento puede aportarnos salud, equilibrio y bendición.
Y justamente en días como estos, llenos de guerras y amenazas, que nos recuerdan una y otra vez que nada debe darse por sentado — tenemos una oportunidad hermosa de volver a lo esencial y decir: gracias.


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