
Padre hasta el final
Desde aquel Simjat Torá no tenía ni día ni noche. Los únicos momentos en los que lograba respirar con alivio eran aquellos en los que recibía una llamada o un mensaje de su hijo que estaba luchando en Gaza.

Por fin. Sintió que su corazón volvía a latir y la sangre volvía a fluir. Desde aquel Simjat Torá no tenía ni día ni noche. Los únicos momentos en los que lograba respirar con alivio eran aquellos en los que recibía una llamada o un mensaje de su hijo que estaba luchando en Gaza.
Una gran angustia y parálisis lo acompañaban las veinticuatro horas del día, y solo se aliviaba en esos segundos en los que llegaba una señal de vida de su hijo combatiente, y con más razón aún cuando escuchaba su voz.
Ese fue uno de esos instantes de gracia.
—Papá, lo siento —escuchó la voz que tanto había extrañado, del otro lado de la línea—, perdón por no llamarte para decirte mazal tov en tu cumpleaños, estuvimos tan ocupados aquí en la batalla. Cuando vuelva a casa te compraré un gran regalo, lo prometo.
En ese momento se quebró. Llevaba semanas conteniendo sus emociones con todas sus fuerzas. Como padre sentía la responsabilidad de transmitirle fortaleza a su hijo, y por eso no había expuesto plenamente sus sentimientos ni su anhelo. Pero justamente esas palabras de su hijo lograron resquebrajar las murallas que había construido.
—Hijo mío querido —dijo con voz entrecortada—, no necesito ningún regalo. Solo te quiero a ti. Deseo tanto verte regresar a casa sano y salvo…
Este es un relato verdadero que escuchamos del protagonista, y pedimos que Hashem devuelva en paz a todos los soldados, a los secuestrados y a los heridos. Pero no hay padre que no pueda comprender e identificarse con ese sentimiento de añoranza, dolor y preocupación. Incluso en la rutina, cuando la vida fluye con calma, ese amor se encuentra “dormido” y relegado, pero siempre está ahí; y cuando el hijo está en sufrimiento o en peligro, se desata como un volcán.
La certeza de que Hashem es un Padre bueno y amoroso tiene infinitas repercusiones positivas en todos los ámbitos de la vida. La semana pasada mostramos cómo esta conciencia ilumina tanto los preceptos de la Torá como los momentos de transición y las dificultades que atraviesa cada judío y todo Israel.
Esta semana, con la ayuda de Hashem, veremos que esa certeza es el motor más poderoso para impulsarnos a la difusión y al acercamiento de quienes están lejos. Porque si el amor del padre siempre es inmenso y fuerte por su hijo, cuando ese hijo se encuentra en un lugar lejano y peligroso, cuando está desdichado y en sufrimiento, ese amor brota con más fuerza aún y lo inunda por completo.
Un judío verdadero, con corazón judío, debe sentirse toda su vida lleno de gratitud hacia Hashem. Su mayor anhelo es devolverle, aunque sea un poco, de la enorme deuda de agradecimiento: “¿Qué le puedo devolver a Hashem?”.
Si le preguntaras a Hashem: “¿Qué regalo quieres?”, Hashem te respondería: “Incluso un padre humano, de carne y hueso, al que le faltan muchas cosas, no necesita ningún regalo, sino que simplemente quiere que su hijo amado, que está en sufrimiento o cautiverio, regrese a él.
Con más razón Yo, a quien no le falta nada, ‘pues Mío es el mundo y su plenitud’. No necesito nada. Pero si quieres darme un regalo verdaderamente significativo, tráeme de vuelta a mis hijos, a los que están lejos de Mí y por los que siento tanto anhelo; a mis hijos que sufren, que ni siquiera saben que son mis hijos; a aquellos que están alejados de la fe. Tráeme a mis hijos, y Yo te daré un beso…”.
Muchísimos judíos ya se fortalecen con estas palabras de emuná y con la certeza de que Hashem es un Padre bueno que los ama mucho, en todo momento y sin ninguna condición, y que siempre quiere hacerles el bien sin importar dónde estén ni cuál sea su situación espiritual. A la luz de esta certeza, la plegaria es diferente, el arrepentimiento es diferente, la fe en uno mismo cambia, la esperanza, la alegría, la confianza y la paz interior, todo se transforma.
¿Por qué? Porque viven con la certeza de que Hashem ama a cada judío como a un hijo único, ¡en todo momento y sin condiciones!
Entonces, si realmente lo crees, vívelo hasta el final. Reconoce y confía en que así como Hashem te ama a ti como a un hijo único, sin condiciones y con añoranza, incluso si transgrediste Su voluntad, del mismo modo ama a todos Sus hijos.
Aunque veas a un judío alejado, incluso uno hostil hacia la religión, también él es hijo de Hashem. Es un niño cautivo, y Hashem no quiere que lo odien, sino que lo compadezcan, lo acerquen y lo devuelvan a su Padre celestial con amor, hermandad, paz y amistad.
En nuestra generación esto es especialmente accesible. Los corazones están abiertos, y muchos judíos esperan que alguien los invite, que alguien les muestre un camino, que les hable con palabras de fe, que les dé un folleto, que los invite a una comida de Shabat o a un estudio, que les ponga tefilín, que los lleve al Kotel. Cada persona que sale al encuentro del pueblo de Israel encuentra “diamantes en el suelo”: hijos preciosos de Hashem, más valiosos que el oro, en cientos y miles, y puede darle a Hashem los regalos más grandes del mundo con facilidad.
Y aunque no sepas por dónde empezar, comienza por tu propia mirada. Cuando veas judíos en la calle, acostúmbrate a mirarlos con amor y con buenos ojos, como a hijos perdidos de Hashem. Y si antes decías que los seculares son los hijos perdidos, hoy también hay muchos religiosos y observantes que están perdidos, y necesitan fortalecerse en la certeza de que todos, sin excepción, son hijos amados que Hashem anhela, y que todos deben ser objeto de compasión y de un acercamiento con amor al Padre celestial. Incluso si no sabes hablar, puedes darles libros y folletos de emuná.






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