Salir con vida

Esa noche, morirían más de quince mil personas, y el resto continuaba viviendo hasta el año siguiente, en que se repetía el mismo proceso...

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Grupo Breslev Israel

Posteado en 02.03.26

Como todos sabemos, después del pecado de los espías en el desierto, se emitió un decreto Divino según el cual nuestros antepasados no iban a entrar a la Tierra Santa. Así fue como, en el curso de menos de cuarenta años, seiscientos mil judíos morirían en el desierto, más de quince mil personas por año. Nuestros Sabios relatan que cada año, la noche del 9 de Av, Tishá BeAv, los hombres cavaban tumbas y se recostaban a dormir dentro de ellas. Esa noche, morirían más de quince mil personas, y el resto continuaba viviendo hasta el año siguiente, en que se repetía el mismo proceso. Es de suponer que cada persona Le rezaba a Hashem desde lo más profundo de su corazón para que le concediera otro año más de vida y hacía teshuvá (arrepentimiento y retorno a Hashem) con todas sus fuerzas. Sin embargo, quince mil morían cada año.

Este Midrash nos dice que, en el último año, los últimos quince mil entraron a sus tumbas, pero todos permanecieron con vida. Pensaron que tal vez habían cometido un error de cálculo y por eso se acostaron nuevamente en las tumbas varias noches más hasta que llegó el 15 de Av (Tu BeAv), que es una noche de luna llena y era la confirmación de que el 9 de Av ciertamente ya había transcurrido, y entonces supieron con certeza que el decreto había sido anulado (Midrash Eijá Rabá).

Entonces surge el interrogante: por qué los últimos quince mil lograron anular el decreto, mientras que las decenas de miles de personas de los años anteriores no lo lograron. Esta es básicamente la pregunta que formula la Guemará en el Tratado Rosh Hashaná: “¿Por qué estos recibieron respuesta y aquellos, no?”.

Tratemos de recrear el modo en el que rezaron aquellos que entraron a las tumbas. En el primer año, ellos sabían que únicamente el 2,5 por ciento iban a morir. O sea, a pesar de todo el peligro, sus plegarias fueron relativamente débiles, porque cada uno seguramente pensó: “Seguramente no me va a tocar a mí”. Al final, la gente moría. Pero eso no impulsó ni siquiera a los enfermos a clamar con todas sus fuerzas por sus vidas.

Cada año que pasaba, las probabilidades de que la persona muriera aumentaban y la soga se ajustaba alrededor del cuello de los hombres que habían sobrevivido en el desierto. Sin lugar a dudas, su temor habrá ido en aumento y sus plegarias se habrán fortalecido cada vez más. Sin embargo, el decreto no fue anulado. Incluso en el penúltimo año, cuando quedaban solamente treinta mil, y sabían que uno de cada dos iba a morir, o sea un 50%, ciertamente rezaron con todas sus fuerzas pero no lograron anular el decreto. Recién en el último año, cuando ya no les quedaba esperanza de sobrevivir, sus plegarias fueron efectivas y lograron anular el decreto por completo.

Ante este descubrimiento, me quedé muy sorprendido. ¿Por qué en el penúltimo año no clamaron con todas sus fuerzas para anular el decreto? Esto nos enseña que incluso si hay algo, por muy pequeño que sea, que debilita la plegaria, entonces esta es incapaz de anular el mal decreto. Mientras había alguna posibilidad de que siguieran con vida, su clamor no fue efectivo.

Esto nos demuestra que incluso si uno reza con una sensación de peligro inminente, su plegaria no es la misma que la de aquel que reza al enfrentarse a una probabilidad de 100% de muerte. Esta última clase de plegaria es lo que se considera la plegaria perfecta: es la plegaria de la persona que siente que un peligro inminente y absoluto y que cree con una fe perfecta que Hashem quiere salvarla y por eso clama con todas sus fuerzas y trae la salvación que necesita. ¡Únicamente aquel que Le reza a Dios para que le anule sus pasiones físicas como si estuviera pidiendo por su vida misma puede anularlas de inmediato!

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