
Nadie nace perfecto

Es fundamental que tomemos conciencia de que todos los tzadikim nacieron con deseos físicos. Hay una historia muy conocida (de Tiferet Israel sobre Kidushín 4:14) que cuenta que un rey envió a un artista a que pintara el retrato de Moisés y entonces se lo mostró a un fisionomista dijo que este era el retrato de un malvado con los peores rasgos de carácter imaginables. Al enterarse de esto, Moisés explicó que, por naturaleza, él tenía terribles rasgos de carácter y especialmente tenía tendencia a asesinar, pero había trabajado sobre sí mismo durante sesenta años hasta que se purificó por completo y realmente alcanzó la grandeza. Del mismo modo, Rabí Akiva, una de las más grandes personalidades de Torá de todas las generaciones, empezaron a estudiar Torá siendo ya adulto después de muchos años durante los cuales habían sido un total ignorante que odiaba a los sabios.
Cuando verdaderamente apreciamos el carácter de los peligros a los que estamos expuestos, nuestras plegarias se transforman por completo. Caleb, uno de los doce espías que fueron enviados a la Tierra de Israel, arriesgó su vida para ir a uno de los lugares más peligros, a la ciudad de Hebrón, a fin de rezar en las tumbas de los Patriarcas, debido a la gran angustia que sufría. Por un lado, diez de los espías que iban con él lo estaban presionando constantemente para que aceptara la difamación de la Tierra de Israel que ellos hacían. Por el otro lado, él sentía que hablar mal de la Tierra Santa y estar en desacuerdo con Moisés era peor que la muerte. En ese momento de adversidad, Caleb decidió no prestar atención a los factores externos (Zohar: Shelaj). Él había decidido hacer lo correcto, incluso si eso le costaba un tremendo sacrificio. Y por eso, al sentir la muerte inminente, rezó en las tumbas de los patriarcas con absoluta devoción, llorando con todas sus fuerzas, tal como llora cuando corre peligro mortal. Y así fue como alcanzó la granza y niveles extraordinarios de espiritualidad.
A la luz de lo dicho, logré comprender que las Likutey Tefilot (Colección de Plegarias) de Rabí Natan de Breslev es mucho más que un mero libro de plegarias. Más bien, es un libro que nos enseña cómo rezar. Presta atención a las palabras de Rabí Natan cuando reza por su vida (Plegaria 18):
Amo del universo, Tú sabes lo lejos que estoy de alcanzar mi verdadero propósito. No sólo que no me he cuidado con mi comportamiento; no sólo que no me he cuidado de evitar hacer todo aquello que no contribuya al logro de mi propósito final, sino que he hecho exactamente lo contrario. Me he dedicado a conductas que me han alejado muchísimo de dicho propósito, Dios no lo permita. He creado muchas manchas y me he alejado por completo del verdadero objetivo.
Por eso, Padre mío, ¿por qué tengo una vida así, una vida de sufrimiento, una vida tan amarga y dolorosa? ¿Acaso esto puede siquiera llamarse “vida”? ¡Mil muertes son mejores que una vida tan angustiante, porque con esta vida no puedo alcanzar el verdadero objetivo!
Amo del universo, Amo de todo el universo, Tú, Que revives los muertos con gran compasión, Tú, Que eres la Vida de las vidas, dame vida. Que pueda vivir y no morir. Dame verdadera vida, vida eterna, una buena vida, una larga vida, una vida llena de temor del Cielo, una vida en la que constantemente me acerque al objetivo final y verdadero para el cual Tú creaste todos los universos, y por el cual hemos descendido del mundo superior, del más alto de los niveles, a este mundo inferior.
Estas no son meras florituras retóricas. Rabí Natan está escribiendo cómo se siente realmente. Por eso, cuando él pide ser rescatado de los pecados y de las faltas, él clama a viva voz, citando a los Proverbios: “No te abstengas de rescatar a aquellos llevados a la muerte y a aquellos que están al borde de ser masacrados” (Proverbios 24:11). Él siente que está a punto de morir, y reza: “Hashem, ¡rescátame!”
Veamos qué dice Rabí Natan con respecto al tema de la adversidad (Plegaria 31):
Amo del universo, Tú sabes de mi corazón amargado. Tú sabes de la tremenda cantidad de problemas que tiene mi alma, que no logro soportar. Tú sabes de la amargura de mis suspiros, mis muchas dificultades, mi aflicción, mi pobreza, mis esfuerzos y mi miseria. Hashem, ay de mi nefesh, mi rúaj y mi neshamá. Ay… cuánto se aflige mi alma.
Clamo ante Ti y suspiro desde lo más profundo de mi exilio, desde los abismos más bajos que existen, como una persona que ha sido el blanco de todas las clases de flechas, lanzas y espadas que le siguen atravesando el cuerpo. Cada miembro del cuerpo es atravesado por miles, decenas de miles de flechas, lanzas y espadas untadas con toda clase de venenos amargos. Y multitudes de bestias salvajes, serpientes y escorpiones lo rodean por todos los costados: le tapan la boca, le confunden la mente y le retuercen el corazón a cada instante para evitar que clame ante Ti y busque Tu compasión y espere Tu salvación.
Soy una pobre persona, una persona que sufre. No tengo palabras para expresarme. Mi alma sufre y mi corazón se lamenta dentro de mí: “Mis entrañas, mis entrañas, estoy angustiado” (Jeremías 4:19). Hashem, ¡cuántos son los que quieren afligirme! ¡Cuántos se levantan contra mí!”
Rabí Natan visualizó los deseos físicos y los pecados como espadas, como un veneno mortal, como bestias salvajes. Se imaginaba miles de flechas cuyo veneno le destruían el cuerpo y se veía a sí mismo como alguien perseguido por escorpiones y por miles de personas que quieren asesinarlo. Es obvio que su clamor era absoluto y genuino y su plegaria lo salvó.




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