
Lo que tus ojos no quieren que veas
¿Y si el mayor peligro espiritual no fuera lo que miras, sino creer que lo que ves es toda la realidad?

¿Y si el mayor peligro espiritual no fuera lo que miras, sino creer que lo que ves es toda la realidad?
El Shemá nos revela una verdad invisible que puede transformar por completo la manera en que nos vemos a nosotros mismos, al mundo y a Hashem.
Cada mañana, millones de judíos recitan unas palabras que han resonado a través de desiertos, reinos, exilios y redención durante más de tres mil años:
“Y no se desvíen tras su corazón ni tras sus ojos, detrás de los cuales ustedes se descarriaron”.
(Bamidbar 15:39)
A simple vista, el mensaje parece claro: cuida tus ojos, aléjate de la tentación y vive con santidad.
Pero, si prestamos verdadera atención, descubriremos que Hashem nos está enseñando algo mucho más profundo que simplemente evitar el pecado.
Nos está revelando una verdad fundamental sobre la realidad misma.
El mayor peligro no consiste solamente en mirar aquello que no debemos.
El verdadero peligro es creer que todo lo que existe puede verse con los ojos.
Rashi, citando al Sifrei, explica este versículo con una precisión sorprendente:
“El ojo ve, el corazón desea y el cuerpo termina cometiendo el pecado”.
Miles de años antes de que la psicología moderna comenzara a estudiar cómo pensamos y cómo tomamos decisiones, nuestros Sabios ya comprendían perfectamente el funcionamiento de la mente humana.
Primero viene la vista.
Después nace el deseo.
Y finalmente llega la acción.
El pecado rara vez comienza con las manos.
Casi siempre comienza con los ojos.
La realidad puede ser la mayor tentación
Si alguien nos preguntara cuál es la mayor tentación para los ojos, probablemente responderíamos sin dudar:
La falta de recato.
Y, sin duda, ese es uno de los grandes temas de la Torá.
Pero quizá exista una tentación todavía mayor.
Una con la que convivimos desde que abrimos los ojos por la mañana hasta que nos vamos a dormir por la noche.
La propia realidad.
Imagina una cálida noche de verano en Israel.
Estás sentado frente a un restaurante.
Un grupo de seis hombres conversa entre risas.
Mientras hablan, sostienen un cigarrillo entre los dedos.
Parecen relajados.
Parecen exitosos.
Parecen felices.
Tus ojos registran una sola imagen:
Fumar parece hacer feliz a la gente.
Casi de inmediato, el corazón completa el resto de la historia.
“Se los ve seguros de sí mismos”.
“Tienen amigos”.
“Pertenecen a un grupo”.
“Quizás esto también forma parte de una buena vida”.
“Tal vez así viven las personas exitosas”.
Y antes de que te des cuenta…
tu cuerpo ya sabe dónde queda el kiosco más cercano.
Solo después entra en escena la razón.
Ella recuerda que el tabaquismo sigue siendo una de las principales causas de muerte prevenible en el mundo y que, según la Organización Mundial de la Salud, provoca más de ocho millones de muertes cada año.
Recuerda el enfisema.
El cáncer de pulmón.
Los tanques de oxígeno.
Las traqueostomías que obligan a una persona a respirar por una abertura en el cuello.
La razón conoce perfectamente cómo termina esa historia.
Pero tus ojos…
nunca vieron el final.
Solo vieron el principio.
Los ojos solo ven una parte de la historia
Este mismo proceso se repite todos los días.
Nuestros ojos recogen información.
Nuestro corazón construye una historia a partir de esa información.
Y luego nuestra mente pasa el resto del día intentando corregir las conclusiones a las que el corazón llegó… en apenas unos segundos.
La Torá ya enseñaba esta verdad mucho antes de que la psicología moderna la descubriera.
Nuestros ojos son unos servidores extraordinarios.
Pero son pésimos líderes.
Nos muestran con fidelidad aquello que está delante de nosotros…
pero no pueden decirnos si eso es verdadero, si perdurará en el tiempo o si realmente tiene valor.
Por eso la Torá no solo nos ordena apartar la mirada de aquello que puede hacernos caer.
Nos enseña algo mucho más profundo:
No sigas a tus ojos.
Mirar es inevitable.
Seguirlos…
es una elección.
El mundo invisible que nos rodea
Entonces, ¿cómo podemos escapar del engaño de nuestros propios ojos?
El primer paso consiste en comprender que el propio mundo físico nos enseña a no confiar únicamente en las apariencias.
Mira a tu alrededor.
Algunas de las fuerzas más importantes que sostienen la existencia…
son completamente invisibles.
No puedes ver la gravedad.
Y, sin embargo, cada paso que das depende de ella.
Es la gravedad la que mantiene tus pies sobre la tierra, la que hace caer la lluvia sobre los campos y la que mantiene a la luna en su órbita alrededor de la Tierra.
Si desapareciera por un solo instante…
la vida tal como la conocemos dejaría de existir.
Tampoco puedes ver el aire.
Y, sin embargo, cada respiración que has dado desde el día en que naciste depende de algo que jamás has visto.
Solo notamos el aire…
cuando nos falta.
Lo mismo ocurre con el viento.
Nunca vemos el viento en sí.
Vemos los árboles inclinándose.
Las nubes cruzando el cielo.
Los campos de trigo ondulando.
Las lluvias que llegan desde el Mediterráneo para regar la Tierra de Israel.
Vemos sus efectos por todas partes…
pero nunca vemos la fuerza que los produce.
Hashem llenó Su creación de fuerzas invisibles que sostienen toda la vida visible.
Quizás lo hizo para enseñarnos una de las lecciones más profundas de la Torá:
No todo lo que es real puede verse.
Si aceptas sin dificultad que la gravedad te mantiene sobre la tierra…
que el aire llena tus pulmones…
y que el viento riega silenciosamente los campos…
aunque jamás hayas visto ninguna de esas fuerzas…
entonces ya has comprendido una verdad fundamental:
Las realidades más importantes suelen ser invisibles.
¿Por qué habría de ser diferente en el caso del Creador?



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