
Superar los miedos
La mejor manera de vencer el miedo es mirarlo de frente, directamente a los ojos.

Rabí Najmán contó que, cuando era un niño pequeño, sentía un enorme temor a la muerte. Por eso decidió rezar para tener el mérito de morir al kidush Hashem (santificando el Nombre de Hashem). Quizás de allí provenga su famosa enseñanza:
“Todo el mundo es un puente muy angosto, y lo principal es no tener miedo en absoluto.”
A simple vista, estas palabras parecen contradictorias, pero justamente ahí reside su profundidad. Cuando una persona observa el mundo con objetividad y comprende que realmente es un puente angosto, entonces puede cruzarlo sin miedo.
En cambio, cuando uno no sabe de qué tiene que cuidarse, termina pasando toda la vida huyendo de un miedo desconocido. Ese temor termina gobernando cada aspecto de su existencia, tanto en la vida pública como en la privada, quiera o no quiera.
Nadie es insignificante, pero hay quienes son más grandes
Todos tenemos miedo de ser pequeños. Ese sentimiento aparece desde muy temprano en la vida.
A todos nos causa gracia cuando un niño de dos años, que todavía no comprende la realidad, les dice con firmeza a sus padres:
—¡Yo no soy chiquito! ¡Soy grande!
Ese miedo tiene un lado positivo: nos impulsa a crecer, desarrollarnos y alcanzar metas elevadas.
Pero también tiene un lado negativo: no nos permite reconocer que hay personas más grandes que nosotros.
Creemos, equivocadamente, que si otro es más grande, entonces nosotros somos pequeños e insignificantes.
Por eso existe la tendencia a buscar defectos en los demás. Al convencernos de que otros son pequeños, sentimos que nosotros somos grandes. Y esa es una situación muy lamentable.
En realidad, uno se vuelve verdaderamente grande cuando reconoce que las personas que lo rodean también lo son, especialmente quienes ocupan posiciones de autoridad espiritual.
Precisamente el hecho de reconocer que todavía necesitas aprender es lo que te engrandece.
Eso es lo que enseña la Mishná:
“¿Quién es sabio? Aquel que aprende de todas las personas.”
Debemos admitir que nos asusta ser pequeños para poder superar ese miedo.
Tenemos que buscar a quienes son más grandes que nosotros y aprender de ellos.
El mundo fue creado de tal manera que siempre podemos aprender de los demás, y de hecho debemos hacerlo.
Debemos comprender que en cada generación existen grandes hombres de quienes podemos aprender.
No podemos ignorar esa realidad, porque si no la reconocemos, jamás podremos crecer.
Nadie es pequeño.
Todos somos grandes e importantes, pero hay quienes son más grandes que otros.
Nuestra verdadera grandeza se mide por nuestra disposición a aprender de quienes son mayores que nosotros y a seguir sus enseñanzas.
Incluso el más grande de los grandes necesita seguir aprendiendo y creciendo.
Por eso, todo erudito de la Torá, incluso el más grande, recibe el nombre de talmid jajam, literalmente “discípulo de un sabio”.
La semana pasada hablamos de Yehoshúa bin Nun.
Era una persona extraordinariamente grande, pero sabía que debía doblegarse ante Moshé Rabenu.
Eso fue precisamente lo que lo hizo digno de convertirse en el siguiente líder del pueblo y en quien transmitió la sabiduría de la Torá a la generación siguiente, aun cuando tenía contemporáneos de enorme grandeza.
Así es el camino de nuestra Torá, y jamás cambiará.
El Rav Yehudá Zev Leibovitz, z”l, me dijo que toda persona que quiera elegir un Rav para sí debe asegurarse de que ese Rav también tenga un Rav por encima de él.
Su maestro también debe inclinarse humildemente ante alguien superior.
El Rav Yehudá Zev era un inmenso talmid jajam y era considerado el líder de los tzadikim ocultos. Sin embargo, consideraba al Rav Shmuel Wosner, z”l, como su propio Rav.
La Torá tiene un orden
Entre líneas, la parashá de esta semana nos transmite una enseñanza muy especial.
Cada mitzvá era enseñada por Hashem a Moshé Rabenu, y luego Moshé la transmitía al pueblo de Israel.
La parashá de los nedarim (votos), con la que comienza nuestra sección semanal, no es la excepción.
Sin embargo, por algún motivo, el versículo dice que Moshé enseñó esta mitzvá a los jefes de las tribus, en lugar de decir simplemente que la enseñó a todo el pueblo.
¿Por qué en este caso fue diferente?
Jazal nos enseñan —y Rashí cita sus palabras— que, en realidad, no hubo ninguna diferencia.
Ese era el método que Moshé utilizaba para enseñar todas las mitzvot:
Primero las enseñaba a los jefes de las tribus y solamente después las transmitía a todo el pueblo.
¿Cuál era la ventaja de ese sistema?
Si la Torá fue entregada por igual a todo el pueblo de Israel, ¿no habría sido más lógico que Moshé enseñara todas las mitzvot a todos al mismo tiempo?
¿Por qué hacerlo por etapas, dando primero una clase privada a los líderes tribales y solamente después al resto del pueblo?
Porque el pueblo de Israel está compuesto por personas grandes… y por personas aún más grandes.
Cuando el pueblo ve que sus dirigentes, sus rabinos o los príncipes de las tribus, se sientan humildemente para aprender de Moshé Rabenu, cada judío comprende cuán importante es aceptar las enseñanzas de Moshé y cumplirlas.
Los príncipes de las tribus no eran solamente administradores de los asuntos de sus tribus.
Cada uno era un vínculo indispensable entre su pueblo y el tzadik; entre la nación de Israel y el Mishkán; entre el pueblo y la Torá.
Todo depende de ti
¿Quién se opuso a este sistema?
Kóraj.
Él sostenía que “toda la congregación es santa”, y que nadie era superior a nadie.
Intentó disminuir la grandeza de los verdaderos líderes espirituales para engrandecerse a sí mismo.
Sabía perfectamente que entre el pueblo había personas realmente importantes.
Por eso, como explica Rashí, comenzó atrayendo a los príncipes de la congregación hacia su lado.
Entendía que la clave de su éxito estaba precisamente en ellos.
Una vez que logró separar a los príncipes de Moshé Rabenu, pudo arrastrar consigo a todo el pueblo.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió:
“Kóraj reunió contra ellos a toda la congregación.”
¿Qué aprendemos de todo esto?
El pueblo de Israel se inspira para cumplir la Torá al ver cómo sus dirigentes reciben la Torá de Moshé.
Y si, jas veshalom, uno de esos líderes se rebela contra Moshé y contra su Torá, toda su tribu terminará siguiéndolo, tal como ocurrió con la tribu de Shimón cuando Zimrí ben Salú pecó a la vista de toda su tribu.
De aquí, todo judío sencillo debe aprender que necesita encontrar un Rav, un guía espiritual que, a su vez, esté conectado con los grandes tzadikim, con quienes transmiten la Torá y la tradición judía de una generación a otra.
Así pasa a formar parte de esa cadena sagrada.
Y todo judío que ocupa una posición de liderazgo también debe aprender una gran lección:
Las personas observan todo lo que hace.
Sus acciones influyen sobre los demás.
La Guemará, en Rosh Hashaná, enseña:
“Dichosa la generación en la que los grandes escuchan el consejo de los sencillos.”
Cuando la gente ve eso, piensa:
“Si ellos escuchan a los demás, con mayor razón nosotros debemos escuchar a los grandes.”
Todo padre de familia es un líder dentro del pueblo judío, al menos para su propia familia.
Rabí Najmán enseñó que todo judío posee un aspecto de la realeza.
Tus hijos te observan constantemente.
Y cuando tú estás conectado con los tzadikim y con el daat Torá, ellos también se conectan.
Dentro de tu hogar debes expresar respeto y admiración por los rabinos y los estudiosos de la Torá, especialmente por los rabinos de tu propia comunidad y por aquellos que te orientan espiritualmente.
Debes mostrar el mismo respeto hacia los rabinos que educan a tus hijos.
Esa es la clave para que ellos permanezcan en el camino de la Torá y las mitzvot.
Grábate bien esta idea.
Si decides ser “independiente” y no inclinas tu cabeza ni tus oídos ante quienes son más grandes que tú, estás poniendo en grave peligro el futuro espiritual de tus hijos.
Esto es aún más cierto si cuestionas la autoridad de los líderes de la Torá de nuestra generación, quienesquiera que sean, o si expresas críticas y desacuerdos hacia ellos.
El pueblo de Israel está construido sobre un sistema:
Kohanim, leviim e israelitas; rabinos, dayanim, roshei yeshivá y tzadikim.
Sí, son muy pocos los que alcanzan el nivel de un tzadik haemet y se convierten en gigantes espirituales.
Pero la Torá llega hasta nosotros a través de los rabinos que viven entre nosotros, en nuestra época y en nuestra generación.
Son hombres de verdad porque se someten humildemente a los tzadikim que son mayores que ellos y a los Poskim de la generación.
Que Hashem nos conceda el mérito de formar parte de esta cadena y de transmitir fielmente la tradición de nuestro pueblo a la próxima generación.

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