
¿Por qué Israel?
Todo judío conoce las palabras del Shemá Israel, pero pocos se dan cuenta de que, entre sus versículos tan familiares, se encuentra la respuesta a una de las preguntas más profundas del Israel moderno.

La misión que susurramos dos veces al día
La misión que susurramos dos veces al día
Todo judío conoce las palabras del Shemá Israel, pero pocos se dan cuenta de que, entre sus versículos tan familiares, se encuentra la respuesta a una de las preguntas más profundas del Israel moderno. Si redescubrimos el propósito que Hashem nos recuerda dos veces cada día, tal vez comprendamos no solo por qué luchamos, sino también por qué fuimos traídos de regreso a nuestra tierra.
Durante más de ochenta años, el Estado de Israel ha vivido milagros que pocas naciones podrían imaginar y ha soportado desafíos que muy pocas podrían resistir. Hemos levantado ciudades sobre dunas de arena, viñedos en laderas rocosas y uno de los centros de innovación más importantes del mundo, rodeados de enemigos que declaran abiertamente su deseo de destruirnos. Hemos revivido una lengua antigua, reunido a exiliados provenientes de los cuatro rincones del mundo y defendido una nación que muchos creían que jamás sobreviviría.
Y, sin embargo, después de cada guerra, de cada lluvia de misiles y de cada llamado a la reserva, vuelve silenciosamente la misma pregunta. Permanece detrás de los titulares de los periódicos, de los debates políticos y en el corazón de israelíes comunes que intentan comprender el sentido de todo esto.
¿Para qué?
No hace mucho tiempo, un grupo de reservistas exhaustos se reunió alrededor de su comandante al finalizar otra larga misión. Sus uniformes estaban cubiertos de polvo, sus rostros reflejaban el cansancio y la adrenalina que los había sostenido en combate hacía tiempo que había desaparecido. Finalmente, uno de ellos expresó en voz alta la pregunta que todos parecían llevar dentro:
–¿De qué se trata todo esto?
El comandante respondió como lo han hecho siempre los comandantes:
–Están protegiendo a sus familias. A sus amigos. A su país.
Uno de los soldados bajó la mirada y dijo:
–Llevamos luchando casi seiscientos días. No perdemos, pero tampoco terminamos de ganar. Cada vez que estamos cerca de acabar con esto, los estadounidenses nos dicen que nos detengamos. Entonces… ¿cuál es el propósito?
Su pregunta trascendía aquella base militar. Resonaba también en los cafés de Tel Aviv, en las paradas de autobús de Jerusalén, en las aulas de Beer Sheva y en las unidades de reserva de todo el país. Muchos israelíes ya no se preguntan si Israel debe existir. Se preguntan algo mucho más profundo:
¿Para qué existe Israel?
Buscando nuestra identidad en el espejo equivocado
Cuando Theodor Herzl imaginó el Estado judío moderno en 1896, soñó con algo extraordinario para su época: un hogar nacional donde el pueblo judío pudiera vivir libre entre las naciones. David Ben-Gurión convirtió ese sueño en realidad política en 1948. Pocas hazañas en la historia judía pueden compararse con el milagro de ese renacimiento.
Pero, en algún momento del camino, muchos comenzamos a buscar nuestra identidad nacional en los mismos lugares donde la buscan las demás naciones. Empezamos a medir el éxito según el poder militar, el crecimiento económico, el reconocimiento diplomático y la aprobación internacional. La paz pasó a ser la máxima aspiración, y la aceptación por parte del mundo se convirtió en uno de nuestros mayores anhelos.
Incluso, en ocasiones, estuvimos dispuestos a renunciar a partes extraordinarias de nuestra herencia con la esperanza de que una concesión más nos trajera una paz duradera. Sin embargo, la historia ha demostrado repetidamente que la tranquilidad construida sobre la aprobación de otros rara vez perdura.
Si tantos israelíes se sienten hoy emocionalmente agotados después de años de guerra, división e incertidumbre, quizá sea porque hemos estado haciéndonos la pregunta equivocada. Hemos buscado horizontalmente el propósito de nuestra existencia nacional, cuando Hashem siempre nos invitó a mirar hacia arriba.
La misión que repetimos cada mañana y cada noche
Nuestro propósito nacional nunca ha estado oculto. No está enterrado bajo las piedras de un sitio arqueológico ni encerrado en un antiguo manuscrito reservado para especialistas. Está colocado en los labios de cada judío, todos los días.
La primera plegaria que la mayoría de los niños judíos aprende no es solo una declaración de fe.
Es nuestra misión nacional.
Shemá Israel.
La mayoría conocemos de memoria el primer versículo. Cubrimos nuestros ojos, proclamamos la unicidad de Hashem y continuamos casi automáticamente con los párrafos siguientes. Sin embargo, en el segundo párrafo se encuentra una de las explicaciones más claras acerca del motivo por el cual el pueblo judío fue traído de regreso a la Tierra de Israel.
La Torá dice:
“Y sucederá que, si obedecen diligentemente Mis mandamientos que Yo les ordeno hoy, amando a Hashem su Dios y sirviéndolo con todo su corazón y con toda su alma…”
La Torá habla en plural. Hashem no se dirige a individuos aislados que buscan únicamente su crecimiento espiritual personal. Se dirige a un pueblo entero.
Nuestra misión es sencilla y profunda:
Somos el pueblo de Israel. Nuestra misión es cumplir la Torá de Israel, en la Tierra de Israel, para servir al Dios de Israel.
Estas palabras son tan familiares que, muchas veces, dejamos de percibir la inmensa profundidad que contienen.
La Tierra nunca estuvo separada del pacto
Los versículos siguientes continúan diciendo:
“Entonces Yo daré la lluvia para su tierra en el momento oportuno…”
Su tierra.
La Torá no habla de manera abstracta sobre agricultura o clima. Habla de Eretz Israel. Inmediatamente menciona el trigo, el vino y el aceite, precisamente los frutos por los cuales la Tierra de Israel es alabada.
Los viñedos de las montañas de Judea, los olivares de la Galilea y los campos del valle de Jezreel proclaman una verdad eterna: son la expresión física de la relación viva entre Hashem y Su pueblo.
Pero la Torá también revela el otro lado del pacto:
“Cuídense de que su corazón no se desvíe… Entonces se encenderá la ira de Hashem… cerrará los cielos para que no haya lluvia… y desaparecerán rápidamente de la buena tierra que Hashem les entrega.”
Estas palabras son solemnes, pero no son simples advertencias. Son las instrucciones amorosas de un Padre que nos revela cómo funciona Su mundo y sobre qué fundamentos espirituales descansa toda la historia del pueblo judío.
Un recordatorio escondido a plena vista
Cada año escuchamos estas bendiciones y advertencias en las parashiot Bejukotai y Ki Tavó. Pero Hashem sabía que oírlas una o dos veces al año no sería suficiente.
Por eso colocó este mensaje en un lugar imposible de ignorar.
Dos veces por día.
Cada mañana.
Cada noche.
Cada judío vuelve a pronunciar estas palabras. Algunos antes de salir a cumplir con el servicio de reserva; otros antes de ir al trabajo, junto a la cama de un enfermo, en una ieshivá, colocándose los tefilín o durante un vuelo nocturno de regreso a Israel.
Las circunstancias cambian.
El mensaje nunca cambia.
Nuestro propósito sigue siendo exactamente el mismo desde hace más de tres mil años.
El frente invisible
Nadie pone en duda el heroísmo de nuestros soldados. Cada familia israelí conoce a alguien que protege nuestras fronteras, patrulla nuestras calles o participa en misiones de las que probablemente nunca escucharemos hablar. Su entrega merece nuestra más profunda gratitud y nuestras constantes plegarias.
Pero la Torá nos recuerda con delicadeza que la fuerza militar nunca fue la única línea de defensa de Israel.
Cada mitzvá realizada con sinceridad fortalece algo que no podemos medir.
Cada acto de honestidad.
Cada página de Torá estudiada después de un largo día de trabajo.
Cada vela de Shabat encendida.
Cada acto de bondad realizado en silencio.
Cada capítulo de Tehilim recitado por un soldado herido.
Nada de eso aparece en las noticias. Nadie entrevista a quien decidió guardar su lengua y no hablar lashón hará. Ningún periódico publica la historia de un padre que cierra su Guemará porque llegó el momento de ayudar a su hijo con la tarea.
Pero en el Cielo, cada uno de esos actos queda registrado.
Rabí Najmán de Breslev enseñó una y otra vez que ningún acto de santidad es insignificante. Una sola chispa puede iluminar una habitación entera. Una pequeña semilla desaparece bajo la tierra y parece olvidada, pero con el tiempo se convierte en un árbol que ofrece sombra y alimento.
Quizás la redención crezca de la misma manera.
Silenciosamente.
Con paciencia.
Oculta bajo la superficie, hasta que un día todos contemplan el árbol sin haber visto el trabajo invisible que ocurrió bajo la tierra.
Un propósito eterno
Por eso nuestro propósito en la Tierra de Israel nunca envejece ni pierde vigencia. No estamos simplemente sobreviviendo a la historia.
Estamos participando en ella.
Nuestra misión no consiste solamente en habitar esta tierra.
Consiste en santificarla.
Las noticias nos hacen pensar que el destino de las naciones depende de presidentes, primeros ministros, generales y diplomáticos.
La Torá cuenta otra historia.
Hashem escribe la historia a través de judíos comunes que realizan actos extraordinarios de fe.
En el santo Shemá Israel, Hashem nos recuerda dos veces al día que nuestro vínculo con la Tierra de Israel proviene de Él, y que Él mismo garantiza esa conexión cuando vivimos de acuerdo con Sus mandamientos.
Cada día recordamos que la mejor manera de apoyar a nuestros hermanos y hermanas que defienden nuestra tierra con el uniforme es fortalecer también su protección, y la nuestra, mediante las mitzvot.
Cada día recordamos que la mejor manera de sostener la prosperidad de Israel es confiar en la promesa de Hashem.
Cada plegaria pronunciada con sinceridad, cada mitzvá realizada con alegría, cada niño educado en el amor por la Torá y cada mesa de Shabat llena de canciones, sonrisas y palabras de Torá añade un nuevo ladrillo al edificio que Hashem comenzó a construir desde los días de Avraham Avinu.
Ese es nuestro propósito eterno.
Un propósito que jamás se agotará, ni en este mundo ni en el Mundo Venidero.

7/30/2026
QUE LA BALANZA CELESTIAL SE INCLINE MUCHO MÁS HACIA LOS ACTOS BUENOS DEL PUEBLO DE ISRAEL POR MEDIO DEL CUMPLIMIENTO DE LAS MITZVAH Y LA ORACIÓN. SI LA MALA INCLINACIÓN OBSTACULIZA CADA PASO QUE DEMOS POR ACERCARNOS A HASHEM, ÉL SIEMPRE NOS RECUERDA QUE NUNCA NOS ABADONA.
GRACIAS AV POR PROTEGERNOS Y FORTALECERNOS. SHEMA ISRAEL ADONAI ELOHEINU ADONAI EJAD 💙🙏.